La Casa Grande del Pueblo en Bolivia, apología del anti colonialismo.

El edificio destinado a albergar las oficinas gubernamentales del actual gobierno de Evo Morales, presidente de Bolivia, ha dado mucho de qué hablar desde que se dio a conocer el costo del proyecto en el año 2014, más aún si consideramos las implicaciones estéticas y urbanas que éste conlleva. El pasado 9 de agosto del presente año, dieron fin a los trabajos de construcción del edificio y con ellos la acentuación a las críticas formales de la construcción. Comentar sobre por qué el edificio en cuestión parece ser un disparate visual, es ser redundante si consideramos los innumerables artículos dedicados al tema y en donde se le ha criticado fuertemente, por lo que me enfocaré simplemente en compartir mis puntos de vista sobre lo rescatable del proyecto y sobre lo emblemático que pudo haber resultado para el pueblo Boliviano.

Partiendo del tema de la génesis del proyecto, hay que reconocer que los cambios en los paradigmas arquitectónicos muchas veces son necesarios, no solo porque la sociedad en sí misma es cambiante, sino porque partiendo del hecho de que la arquitectura es producto de las necesidades sociales, entonces tenemos que la arquitectura no puede ni debe permanecer estática. Por lo tanto, cualquier cambio representa un aliciente y un respiro en el cómo vemos y vivimos la arquitectura. La Casa Grande del Pueblo, representa todo lo anterior, busca, a través de un lenguaje arquitectónico diferente, reivindicar las raíces del pueblo andino y romper con todo aquello que representó por cientos de años su sometimiento ante culturas extranjeras que se apropiaron de sus espacios y de su forma de vivirlos.

El concepto del proyecto según se entiende en varios escritos al respecto, se sustenta por un lado, en un tema de ahorro económico, ya que según portavoces del gobierno boliviano, buscan reducir costos administrativos generados por la renta de oficinas, y convertirlos en activos para el pueblo boliviano a través de la construcción de un edificio de gobierno propio. Y por otro lado, se sustenta en la búsqueda de una identidad propia, no solo hacia símbolos prehispánicos, sino hacia nuevas formas de interacción entre la sociedad y su gobierno. El hecho de que su génesis sea el convertir un edificio de gobierno en emblema del anti imperialismo y anti colonialismo, nos debería llevar a un análisis más profundo de lo que significa socialmente un proyecto que busca transgredir los cánones impuestos en cuanto al uso y limitaciones formales de los edificios públicos. De acuerdo a lo expresado por integrantes del gobierno boliviano, y por supuesto, del propio presidente Evo Morales, el nuevo edificio busca, además de centralizar los trámites y gestiones que lleva a cabo la ciudadanía boliviana en su día a día, busca que las y los bolivianos se sientan representados a través de un lenguaje arquitectónico incluyente. Esta búsqueda se pone de manifiesto no solo en los espacios que serán destinados para uso tanto de servidores públicos como de la ciudadanía en general, sino también en cada uno de los recintos del proyecto concebidos para dar cabida a numerosos colectivos y organizaciones sociales bolivianas.

Según la vicepresidencia del gobierno boliviano el edificio intenta evocar la arquitectura tiwanaku, pero si analizamos formalmente los elementos arquitectónicos que la conforman, nos resultará evidente la disparidad de la volumetría y simbolismos entre la primera y la Casa Grande del Pueblo. Otro factor importante en el análisis formal, es el contexto urbano; en el caso de La Paz, lugar en donde se emplaza el edificio en cuestión, se encuentra delimitado por elementos coloniales de los cuales no pueden desprenderse de forma tajante a través de un edificio cuya volumetría, más allá de remitir a una arquitectura ancestral, evoca la arquitectura modernista de los años setentas. Hay que tomar en cuenta además, que la arquitectura tiwanaku fue producto de las necesidades particulares de una sociedad precolombina, por lo que el uso de elementos monumentales monolíticos y robustos eran necesarios para protegerse de posibles invasiones. Adicionalmente, el hecho de ser sociedades profundamente religiosas, los llevó a construir pirámides de grandes alturas, con la finalidad de alcanzar, a través de ellas, a sus más respetadas deidades. En contraste, y si bien es evidente que los veintiocho niveles que integran La Casa Grande del Pueblo responde a la necesidad de albergar un gran número de oficinas, salas de juntas y demás locales relacionados a la administración pública, también lo es que la propuesta volumétrica, en conjunto con los materiales utilizados, desencajan notablemente a nivel urbano.

En cuanto a la propuesta que se puede observar en los interiores del recinto, es de notar la intención de crear cierta monumentalidad a través de la robustez de elementos como columnas y muros en espacios de gran afluencia, lo que, junto al uso de materiales pulidos en tonos grises, blancos y detalles en color negro, otorgó a los espacios de una sutil majestuosidad. Sumado a ello, los extensos y coloridos murales que evocan textiles y colores representativos de los pueblos andinos, si bien logran espacios visualmente limpios e imponentes, la reminiscencia a la arquitectura a la que quisieron hacer homenaje es poco notoria, tanto por los materiales utilizados, como por los colores que predominan en los espacios interiores.

Pese a todo lo anterior, y más allá de los temas estéticos y urbanos que pudieran esgrimirse al respecto, es clara la importancia de un proyecto como el de la Casa Grande del Pueblo, ya que pone de manifiesto la necesidad de los pueblos históricamente oprimidos a sentirse representados no solo por sus gobiernos sino por la arquitectura que los rodea y que los define. El problema sin duda, es que cuando el análisis y la interpretación de arquitecturas ancestrales se hace de forma apresurada o poco objetiva, lo que pudo haber resultado en un referente dentro de la arquitectura latinoamericana, terminó en un edificio con una cuestionable sinergia con su entorno, y del que poco se observan las raíces indígenas que supuestamente le dieron origen.

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Vista general del edificio “La Casa Grande del Pueblo”, La Paz, Bolivia. Fotografía: Marcos Tordoya R.