¿La tormentosa e idílica relación entre “cliente-arquitecto”?

Cuando analizamos el campo de trabajo de cada una de las profesiones existentes, nos daremos cuenta de que las relaciones interpersonales son tan necesarias y tan complejas que bien valdría la pena hacer un estudio particular de cada una de ellas. Para esta entrada quiero compartirles mi punto de vista sobre estas relaciones en el caso específico de los arquitectos, ¿quién no se ha imaginado llegando confiadamente a una cita con un cliente para indagar sobre lo que espera del proyecto que nos ha encomendado? o más aún, descubrir hasta donde nos sea posible sobre sus gustos y aficiones, para así poder plasmar algo de ellos en la propuesta a realizar. Confiando en que de él -el cliente- obtendremos más de una inspiración, nos disponemos entre charla y charla a realizar la clásica pregunta:  “¿Qué actividades gusta realizar después del trabajo?” Y entonces, echando abajo todas nuestras expectativas y elaboradas proyecciones hechas con antelación, recibimos un clásico : “Mmmm, nada en particular, ¿para qué quiere saber?” es ahí -justo en ese punto- cuando comienza la tormentosa relación entre “cliente-arquitecto”; nosotros como arquitectos queriendo saber hasta el mínimo detalle de la vida del cliente – y que éste con tanto recelo guarda- y el cliente percibiéndonos como algún loco acosador que “sin razón alguna” exige saber horarios y actividades (ésto debo aclarar, es la base para el imprescindible programa de necesidades que requiere todo anteproyecto).

Así que ¿Por qué son tan complicadas dichas relaciones? En primer lugar, debemos de considerar que la mayoría de las personas creen -falazmente- que los arquitectos, además de estudiar diseño arquitectónico, representación arquitectónica, estructuras, etc. etc. también nos desvelamos aprendiendo los conocimientos básicos de “Adivinación arquitectónica I y II”. Suena extraño, pero tal pareciera que nuestra labor muchas veces es la de adivinar qué es lo que le gusta al cliente. Quiero dejar claro, no es queja ni mucho menos, pero si esta relación fluyera de otra manera, nos evitaríamos muchos contratiempos a la hora de realizar no solo las primeras propuestas de anteproyecto sino el proyecto final como tal.

Precisamente en alguna entrada anterior del blog, hablaba sobre la relación que existe entre los profesionistas de la construcción y sus clientes en países como Japón, en donde desde un principio se establecen las reglas de confianza y de apoyo mutuo, lo que enriquece de sobremanera al complejo proceso de proyecto-construcción. Esto me lleva a pensar que sea quizá una problemática que tenga que ver con una cuestión cultural si consideramos que la mayoría de las personas en nuestro país nunca han pensado en acudir a un arquitecto para diseñar alguna construcción; y en el mejor de los casos recurren al “albañil de confianza” para hacer dicho trabajo y digo en el mejor de los casos, porque no pocas veces el término “auto construcción” se lleva a la práctica de forma literal -sí, literal. ¿Es entonces que la falta de este tipo de relaciones provoca dicho hermetismo entre los involucrados cuando ésta llega a darse? Lo que nos lleva a lo siguiente, – que aunque suene obvio, muchas veces soslayamos esta etapa del “contrato”- es  imprescindible como parte de nuestro trabajo como arquitectos, el buscar establecer desde un principio una relación de confianza con el cliente que nos permita no solo obtener de él la información que para nuestro trabajo de diseño necesitamos, sino para llevar dicho proceso al mejor término.

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