Entre los gigantescos e impolutos muros de concreto que se desdoblan y curvan entre los paisajes de una creciente ciudad en algún lugar de México y la estructura en piedra y madera de un icónico monumento de la capital francesa, se abre un resquicio de desperfectos más allá de lo constructivo. Dicha escisión, aunque poco cuestionada, subyace latente entre sus relucientes y rectificados acabados y su apagada y perfectible estructura; subyace entre quienes la diseñan, construyen y habitan y entre quienes la adolecen. Porque si alguna vez la arquitectura fue concebida desde, y con, lo que nuestra especie ha denominado “la naturaleza”, han transcurrido ya varias décadas desde que se han obstinado en erigirla muy a pesar de ella. Porque entre quienes buscan lo fundamental y permanente y entre quienes buscan el reconocimiento y la trascendencia se abre una enorme brecha que, de no atenuarse, podría significar la extinción de innumerables formas de vida, incluida la humana.
Los exiguos intentos por reconocer otras formas de existir, habitar y, por ende, de hacer arquitectura, han devenido en prácticas que intentan desafiar la lógica de lo finito y lo físicamente posible. No obstante las reiteradas advertencias de lo inevitable, de lo ahora vilipendiado y señalado como catastrófico, las palmas tumultuarias abren paso y se doblegan ante el desmesurado extractivismo. La arbitrariedad de la opulencia y el ego ha transformado lo vital en superfluo y lo material en esencial; así entonces, los ríos, los bosques, el aire y todo aquello que sostiene y que nutre, son ahora simple reminiscencia de una vida supuestamente primitiva, una vida que, irónicamente, pretende dejarse atrás para abrazar la tecnología y el pretendido futuro. Construir castillos de arena mientras se desmantelan las raíces de la vida que sostiene todo lo tangible. Toneladas de roca, cemento, madera y acero conformarán los castillos de los nuevos faraones de la política, apenas suficientes para albergar tal mezquindad y soberbia mientras las masas enajenadas, e intelectualmente dispersas, observan atónitas la hazaña y acarician la idea de la trascendencia en las páginas de la historia. Quién necesita árboles o remansos de aire fresco cuando el simbolismo discursivo promete escenarios de fantasía conformados por pasillos y estancias de concreto construidos en tiempos que demandan lo imposible pero que se hacen posible a costa de todo, de trabajadores y, por supuesto, de lo que nos hemos empecinado en denominar desdeñosamente como“naturaleza”. Resulta pues más fácil abstraer en una idea la compleja diversidad de quienes conforman ese grupo de individuos nohumanos tan esenciales, como ignorados, que reconocer su valía en un planeta ineludiblemente simbiótico.
Demencial construir sin edificar, porque edificar es inherente al arte de planificar según el entorno y el tiempo histórico; porque construir castillos feudales en tiempos de supuesta democracia, más que vetustos, resultan en una afrenta a la más elemental de la lógica de la existencia, son una afrenta a la vida. Ni un museo en Puebla diseñado por Toyo Ito ni la resconstrucción de la icónica catedral de Notre Dame en París podrán suplir el oxígeno, el agua o los árboles cuando la humanidad se enfrente al caos de la escasez y la desesperación. No bastarán los millones de aplausos, premios y reconocimientos para suplir aquello que con desdén se vacía y se habilita en muros y losas de suntuosa arrogancia. Nada bastará.